Fuente de la Plaza Departamental

La Fuente de la Plaza Departamental

Una historia para ser contada
Abordar el tema de nuestra Plaza Departamental, siempre es motivo para reconstruir escenarios, perseguirla en el tiempo y recibir de su permanente renovación el impulso que, trasladado en ámbitos vitales, nos permite prolongarnos en la esperanza.
De allí reiteramos la frase que nos identifica en este nuevo Aniversario de nuestro Departamento: "...y volvían a hundir los arados de madera en la tierra pródiga...", y entonces la acompañamos en lo cronológico desde la lejanía de su origen cuando ocupaba sólo una parte de su actual predio.
Y, lógicamente, ligada a esos orígenes estarán las figuras y las actividades que se desarrollaron en esta "platea" latina. Entonces, Don Fernando Bravo, Don Francisco Doria (Secretario del Subdelegado Don Isaac Estrella), Don Modesto Gavióla y otros vecinos cuyos nombres aún perduran como propietarios de algunos terrenos aledaños.
Pero no todo en el recuerdo de nuestra Plaza ha sido reunir para la memoria estampas de magnífico verdor, de gráciles flamencos, de traviesos cerdos, de niños disfrutando sus competencias sobre un terreno recién regado, y llevando a veces como testimonio de su hazaña unas rodillas sucias de la tierra que todavía no conocía la baldosa.
A todo esto ponían límite los alambres de púas que cercaban nuestro "forum" (sólo cuatro molinetes permitían el acceso) y los setos de siempre verde que rodeaban los canteros internos. ¡Cuántos amores se concretaron en la entrega de una flor, en el saludo, en la mirada al pasar, cuando los hábiles jinetes desfilaban en los corsos sobre un manto de hinojos, junquillo, totora y otras hierbas que aromaban el mensaje!.
Poco queda ya en la realidad, de aquellas damas luciendo sus mejores galas paseando en sulkis, breaks, victorias....que fundaron familias cuyos descendientes aún nos acompañan en el quehacer de vivificar la nostalgia.
Sin embargo, no todo lo que pasó por su ámbito fue dulce, alegre, caudal de vida, signo etéreo de una religión que se afincó traduciéndose en el ritual de las procesiones en honor a San Isidro Labrador del Valle de Uco, San Roque... No todo fue el alegre resonar de las sortijas de las calesitas que asentaban donde hoy se alza el Templo Parroquial... No todo fue la risa de los que se desplazaban por los senderos perimetrales y saludaban a conocidos y a los que no lo eran, entablando una suerte de amistad que, en algunos casos, aún perdura.
También hubo dolor en su historia y en su nacimien­to. La tierra que tendría que haber sido cuna de vida se regó con la sangre de los ajusticiados por razones políticas que enfrentaron con los ojos descubiertos, la descarga que los pasaba a la inmortalidad, habiendo dado ellos mismos la orden de ¡fuego!; aquí, la trayectoria de este espacio menta al al Subdelegado Don Isaac Estrella. Sus nombres evolucio­nan según los hechos temporales sobresalientes: Plaza de la Villa de San Isidro Labrador, Plaza de la Constitución, Plaza de San Isidro y Plaza Bernardino Rivadavia.
Vano sería intentar rescatar para el presente tanta vida como tuvo nuestra Plaza a través de vertiginosas actividades: los corsos de flores para Navidad o Año Nuevo, las kermeses realizadas para Nochebuena, las carreras de triciclos, de kartings, de embolsados, de bicicletas, pedes­tres, de motos; búsqueda de Huevos de Pascua, muestra de Pesebres Vivientes, populosas cenas comunitarias, Actos Patrios, Actos Vendimiales, Misas de Campaña, y llenando todos los ecos del recuerdo, las interpretaciones de la Banda de Música que, desde el palco instalado bajo una glorieta de madera, animaba la "retretas" de jueves y domingos.
El presente nos enfrenta con un paisaje espectacu­lar: ¡cuántas manos se hundieron en su tierra para lograr un parquizado que nos enorgullece! Inútil sería hacer nombres, siempre nos quedaría alguien en el olvido. Sin embargo, les hacen justicia todas las plantas y las flores que estación tras estación brillan con las lágrimas de la lluvia, se estremecen con el frío de alguna nevada, se avergüenzan con los colores del otoño, se ríen con el Zonda que las desviste jugueteando o se encandilan con los soles del verano.
Ésta, es nuestra Plaza: a grandes rasgos hemos esbozado su historia. Ahora, disfrutemos del aroma sedante de las flores de sus tilos, regocijémonos con la vista de las especies vegetales provenientes de cuatro continentes y enorgullezcámonos porque fue premiada por el Gobierno Francés como la mejor de Mendoza por su diversidad florística.
Todo esto lo vigilan, como al descuido, los tres niños nacidos de la inspiración del artista plástico europeo que diseñó la escultura que se erige en el centro de la Fuente ubicada en el cuadrante noroeste.
Y aquí surgen, empujándose por ocupar el primer lugar, el orgullo y la nostalgia. Orgullo de saber que otras tres esculturas idénticas se encuentran en diferentes territorios del viejo y nuevo mundo: en Puerto Alegre de Brasil; en Salamina de Colombia y en Catanzaro de Italia y figuran en el catálogo 1889 de la empresa francesa de fundición: A. Durenne. ¿Qué lógica eligió estos puntos de destino para esta obra que, respondiendo a su escuela artística, ha volado a defender el ensueño sutil del romántico que ya incursiona en un realismo plasmado con la fidelidad a la forma? ¿Qué mente dispuso la partida hacia sitios tan diferentes? Nada se ha podido rastrear al respecto, pero sí nos debemos al agradecimiento por haber sido un visionario benefactor de nuestro Departamento.
Nostalgia de lo ya vivido, de lo que otros vivieron, impulso loco de querer volver al pasado y precisar desde cuándo este monumento nos atrajo con un extraño poder seudoinfantil. Era un poco el querer apresar los pececillos de colores que se escondían en las piedras de la base; pero también era un romance pletórico de juventud -caprichosa adolescencia que quería dejar de ser- inserta en el escondite tras el niño que cada uno elegía como suyo, para soñar.
Esta escultura vuelve a adquirir su tersura primaria: que cualquier arruga en la cara de un rivadaviense, desaparezca (al menos por hoy) en aras de los recuerdos de su originalidad.
Nostalgia de sentir a los pájaros que anidan en las glorietas del acceso y a aquella lechuza que alguna noche nos sorprendió con un chistido sobrecogedor.
Todo está vivo en esta Fuente: canto a la alegría, a la inocencia, a la hermandad, al saber sentir el anhelado deseo de querer volver a ser el niño que antes fuimos.
Por eso esta Fuente y su escultura son el "leitmotiv" de este 18 de abril.
Valoremos el esfuerzo realizado para su refacción,
complazcámonos con las nuevas vivencias que acarreará la remodelación y prometámonos cuidarla y preservarla para nuestro propio deleite y el de los que nos sucedan.
La candidez que emana de los rostros de estas criaturas casi angélicas, completada con posturas que traducen una decisión lúdica y una sutil intención de lucimiento, contrasta con los tres sapos que las observan, y que siempre han de atestiguar el sorbo bebido de su boca aun por aquellos a quienes estos animales les producen fobia.
Volvamos a mirar las caritas de los infantes de la estatua de la Fuente y así podremos hacer realidad, en estos tiempos que vivimos, el que "...volvían a hundir los arados de madera en la tierra pródiga...".
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